miércoles, 9 de mayo de 2007

Ineludible destino



El pequeño caminaba por su barrio como si sus pisadas dejaran huellas imborrables en el pavimento. Sabia que salir de aquella vida de miseria era un imposible. Entre tiroteos, allanamientos, drogas y amigos de baja calidad, se crió y creció, esquivando balas y abrazos. Paseaba por Santiago como si la ciudad fuera de el, incluso cuando no la conociera. Conversaba con la gente para ganarse su confianza, y al primer descuido, billetera pal bolsillo. Y no lo hacia por maldad, ni por necesidad. El robaba para crecer. Como un animal de la selva aprende a moverse por esta jungla de cemento. Sobre todo por que su barrio quedaba en medio de una comuna rica, Las Condes, pero como muchos analistas e intelectuales le tildaban era un "lunar de pobreza". Y era bastante parecido: negro, profundo...discordante.

El chico creció, y la ciudad comenzó hacerse mas pequeña. Las movidas de acá y allá, los trampeos con los giles, los bacilones con los precisos. El pequeño ya era grande, pero en su corazón aun guardaba un niño. Su futuro era tan claro, a pesar de que era oscuro. El lo veía claramente. No había escapatoria.

Conoció gente nueva. En la escuela lo respetaban por ser un choro de verdad, cuando el sabia que por dentro le dolía el alma que lo vieran asi. Hasta que un día, paso lo inesperado. su destino comenzaba a cambiar. La oportunidad era imperdible. O la tomaba o la dejaba. Las clases de gastronomía lo llevaban a expresar todo lo que tenia guardado dentro. El Liceo técnico le daba la posibilidad de ser alguien. Su profesor, un gallo fuerte y joven, sin aires de grandeza y de buen trato con los alumnos, lo guió hasta salir del colegio. Fue uno de los mejores alumnos.

Salio y trabajó de inmediato en el Hotel Hyatt en la cocina. Comenzó el ascenso en el difícil mundo de la cocina, a punta de respeto y disciplina. Creía dejar atrás ese destino tan oscuro que le había preparado esta ciudad.

Uno de estos días recibí la noticia. Lo habían matado con una estocada en el corazón en el centro de Santiago. Al caer al suelo, vieron sus ojos, lagrimosos, que no dejaban de mirar ese destino ineludible que le toco vivir...la oscuridad absoluta.

Para mi tío.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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