martes, 27 de noviembre de 2007

Soñé que despertaba...


Un día de Primavera. Pequeñas luciérnagas rodeaban mi cabeza y la luz de la luna alumbraba todo alrededor. Era en medio de las colinas en donde decidí recostarme. Un campo de pasto y flores de manzanilla, amplio y escondido de las personas, fueron el lugar indicado. Tras las pequeñas cumbres que me refugiaban, se veían las luces de la ciudad, pero yo, intocable, no era afectado por su encandilamiento.


Todo se volvió oscuro. Una cama azul y grande me cobijaba. Sentado en posición de loto, me fijé que delante mío estaba Kaguya, la princesa nacida del bambú y proveniente de la Luna. Tomados de la mano, la princesa me dijo todo. Sin abrir su boca, Kaguya me llenó de certezas, y solo con su mirada conmovió mi corazón. Por supuesto, yo no era solo un receptor. Kaguya sabía que yo le abría el mundo, tal como ella lo hacía para mi. Nuestros pies descalzos daban una sensación de confianza. La suavidad de la cama atraía nuestra piel, erizando los pelos de manera graciosa. Las risas comenzaron a fluir. Y con ellas nuevas certezas. Kaguya reía mirándome fijamente, con dientes de diamante y labios de rubí. Acercamos nuestros pies desnudos. La princesa y yo frotamos de manera suave nuestras plantas y jugamos con los dedos, como niños. Las risas se hacían cada vez mas intensas, como si dos niños se divirtieran. Luego todo se paró. Kaguya me tomó de las manos nuevamente y se puso seria. Era una seriedad melancólica, no de enojo o tristeza. Comenzamos a hacernos cariño en las manos, y l silencio reino en la habitación. La sensación era grata, pero a la vez inundaba un aire de nostalgia. Yo sabía que dormía profundamente, y que a Kaguya dificilmente la volvería a ver. Me inundó un sentimiento de angustia....quise abrazar a Kaguya...ella me lo permitió. La princesa pronunció palabras, y yo las respondí. No pararon de salir de nuestras bocas.... era como si tuviéramos una confianza de toda la vida. Le desee lo mejor para su vida, y sentí que todo iba a fluir de buena manera. Ella me dijo gracias y me sonrío picaramente. Nos recostamos, mirando el techo. Solo la piel de nuestros brazos se tocaba, y se sentía tibia. El azul marino de la cama de terciopelo se colaba por los dedos de los pies, haciéndonos cosquillas, lo que nos levantó de inmediato y nos pusimos a saltar. De tanto saltar, nuestro cuerpo se cansó. Desparramados arriba del terciopelo azul marino, Kaguya se acercó a mi como una serpiente, arrastrándose por la cama sin usar ni pies ni manos. Me abrazó. Silencio total. El único sonido era el pulso de los dos corazones extasiados. La princesa lloró, pero de alegría. Me levanté y besé su mejilla para secarle la lágrima que le escurría. El sabor era dulce. Le hable de su vida, y Kaguya sonreía. Solo veía a ella y sus detalles, y ella...con su risa de diamantes, me cerró los ojos, y desperté.

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