lunes, 26 de mayo de 2008

2008: Odisea en el despacio.



Por Ciega María, de tan ciega que está, ve mas que muchos


Claramente cambia, no es porque comenzó con todo la lluvia, pero algo cambió por lo menos hoy. Porque si yo soy un árbol, anoche me dejaron algunas de las hojas que me abrigaron en la temporada anterior, razón por la cual hoy despertaría más fresca. No fue por dormir un poco más, para faltar a clases ya que no valía la pena levantarse si no me podría los párpados ni menos quería que el frío se pasara de listo metiéndose por aquí y por allá.
Claramente aprecié la tranquilidad de los lugares por los que transito a diario, lugares que no están a la altura de las sopaipillas, entonces nos refugiamos en unas papafritas (las primeras, algunas frías y otras duras; las segundas, a pesar de comérmelas, estaban bastante malas), algo había distinto y no fue porque en el estacionamiento habían cuatro sombras atípicas bajo la lluvia en círculo, mojándose -pero no sin razón-. Sucede que caminé, caminamos, conversaban y yo escuchaba, realmente no podía hablar, las ideas y tallas quedaban abrigadas en mi garganta y yo sólo conservaba una sonrisa, creo que algo coqueta al no poder decir que no podía hablar.
Éramos seres lentos caminando bajo la lluvia, realmente paseando y los lugares diarios, porque no son comunes ni corrientes, se presentaban amigables, húmedos, mojados, se olía húmedo, te acariciaba con su humedad, las hojas ya eran parte del suelo, diría cual estampillas prensadas, y al mirar hacia abajo podías ver los árboles, distinguir el cielo gris.
Entonces sucedió, -al abordaje muchachos- bajar en la estación errada, perderse en el tiempo y en el espacio, pensar que estuvo buena la cosecha de este año y casi mirar al cielo para agradecerlo, pero no daba para tanto la mente. Abordar el tren, estar con el gorro puesto, abren la puerta y caminas por donde de costumbre, ahora bien todo igual que siempre, sólo que ahora ibas más rápido que los demás, pero te detienes a preguntar y cotizar precios de golosinas –azúcar, chocolate-. Transacción lista y luego observas como tiene nuevos tonos el lugar donde acostumbras a hacer la fila ahora que caía la noche. Por primera vez te das cuenta que te miraban feo a ti por no avanzar pa’tras, pa que suban más, pero no atinabas a moverte por presentar un estado de déficit atencional intencional, y oyes murmullos y risa, debe ser que hoy me tocó el vehículo chistoso, con tripulantes con hálito etílico, pal frío, por la lluvia. Y ese otro que cree que pinchó porque una mujer lo queda mirando al dejarse llevar por un baile en las nubes y mirando fijo y ojos y mejillas rojas.
Observo mis manos, debo admitirlo me gusta observarlas, no sólo las mias, por lo que transmiten. Ventanas empañadas, sube la temperatura del lugar, toses a mi lado, por allá adelante también y que bueno que me vacuné este año, no me quiero enfermar aún, espero no hacerlo este año, y mi compañera de asiento tose, se tapa la boca, con la misma limpia los vidrios empañados, dónde estamos, me da igual, porque ya sé cuando hay que bajar, cuando en el vehículo quedamos pocos, hay varios asientos disponibles y el aire se hizo más respirable, está más frío y eso me agrada. Pasó que vi con ojos de turista todo el rededor de mi destino, todo luce nuevo, iluminado, son espacios casi santificados, dónde están los grafittis, las chapas, las basuras. Claro, la cancha de tierra y el club de rayuela, sí este lugar está mejor, desembarco y nuevamente camino más lento que los demás, ahora no bajo la lluvia, sino acompañada de un frio aterrador, y pienso en que comenzó a nevar arriba.
Ahora la llave, hago contacto y mi primer destino en mi destino es la cocina, claramente cambia la ciudad y yo con ella.

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