lunes, 12 de mayo de 2008

Relato de Ruta: Etnografía en Valparaiso

Por Francisca Retamales


(Extracto diario de campo, Investigación en terreno nov, 2006. "Vagabundos del barrio Puerto: Etnografia del habitar" en www.antropologiaurbana.cl/etnografias, Núcleo de Antropología Urbana-UAHC.)



Ya van seis días en terreno. Hoy fue un día diferente. Hace un par de días Daniel y Luis me invitaron a que los acompañara en su ruta nocturna de macheteo[1], por las calles Serrano, Sotomayor, Errázuriz hasta llegar a Bellavista. Durante todo el día ha habido expectación frente a la invitación. Me preguntaron continuamente si los acompañaría, para mí no había duda. Pensé que la expectación se debía a que realmente no me creían, pero luego entendí el verdadero por qué. Se habían corrido la voz de que me iría a dormir con ellos al ruco[2], pero mi intención era llegar con ellos sólo a Bellavista, estar un rato y luego irme, tal como pasó.

La ruta empezaría en plaza Echaurren a eso de las 20:00 horas, luego de ir a comer al comedor 421. Se me había advertido que durante el trayecto me mantuviese un poco distante de ellos para no interferir en el macheteo, ya que si me veían con ellos era probable que no les diesen plata. Obviamente no tuve ningún problema en ello, ya lo había pensado, así que les dije que no tuviesen problema, que intentaría pasar inadvertida para que no nos asociaran y así no les fuera mal con el macheteo. Claramente yo sabía que mi presencia sí afectaría, no sólo porque nos vieran juntos, sino porque era la primera vez que estaría con ellos “en acción” fuera de la plaza y del barrio. En estos días se ha creado confianza y afecto con el grupo, pero acompañarlos en su trayecto significaba que me mostrarían otra faceta de sus vidas y que saliéramos del espacio conocido y común: plaza Echaurren. Para mí significaba, entre otras cosas, ver la ciudad desde otra perspectiva, no desde el lugar que para mí me era conocido como porteña, sino desde su lugar. Para ellos imagino, significaba abrirme otro espacio de sus vidas, que viera y viviera con ellos su quehacer de noche.

El día transcurrió normalmente, como era “costumbre” por estos días. Llego en la mañana a plaza Echaurren, allí los encuentro, estamos juntos, comemos panes, frutas que les regalan en el mercado, a veces soy yo la que llevo comida; panes con queso que compartimos mirando cómo pasa el tiempo. Hay ocasiones en que estoy con ellos todo el día, otras, a ratos, entro y salgo de la plaza, doy vueltas por el sector, voy al “421” a ayudar en la cocina, a servir platos, o converso con otras personas, o simplemente observo alejada del grupo, mientras ellos en la plaza toman y machetean para nuevos chimbombos
[3]. Ese día transcurrió como todos los demás, las horas pasaban sin mayor sobresalto, ni lentas ni rápidas, sólo pasaban.

Dieron las 19:00 horas momento en que se abre el “421”. A esa hora todo cambió, estaba ansiosa, preguntaba a qué hora partiríamos, a qué hora subiríamos a comer. Esperamos a que fueran las 19:30 porque había menos gente, menos espera y era más fácil entrar al comedor. Ya había estado antes en el “421”, pero hoy tenía una expectación particular, no era sólo que tuviese hambre, estaba nerviosa. Creo que en ese momento recién tomé conciencia que me iría con ellos, no tenía miedo, pero tenía la sensación de que al acompañarlos saldría del ámbito que manejaba. Estar en la plaza no me significa ningún “riesgo”, la plaza es un lugar conocido desde niña, y además, creo ahora al menos poder intuir su ritmo, pero salir de allí es algo totalmente desconocido pese a los relatos que ya me habían hecho sobre su ruta, sobre los lugares, las detenciones y lo que hacían.

En ese momento se acerca el “Loco Lilo” a preguntarme preocupado si me iba a ir a dormir al ruco, me sorprendí de su pregunta, pero ahí entendí la expectación. Le respondí que no, que sólo llegaría con ellos a Bellavista, que no se preocupara, que si veía cualquier “cosa extraña” me iría de inmediato. El “Loco Lilo” empezó a hacerme toda clase de comentarios, que no confiara en ellos, que podía sucederme algo, que ellos creían que me iría al ruco… Él no creía que pudiese manejar la situación en tal caso, yo confiaba en que sí, pero en verdad creo en ese momento no sabía bien qué esperar, sólo me guié por mi intuición y confié. Finalmente el “Loco Lilo” me dijo que iría conmigo, que no me dejaría sola. A lo cual accedí, insistiendo en que no se preocupara, que no era necesario. Las cosas se me nublaron un poco, de confiar ya no sabía en quién realmente podía hacerlo y fue ahí cuando la extrañeza del estar allí se hizo patente.

Subimos al 421 a eso de las 19:30, nos detenemos en la entrada a esperar un momento lugar para entrar, una vez que el comedor está más desocupado entramos. Se deben pagar $50 pesos por persona, Daniel habla con el “tío Cebolla” para que los deje pasar gratis, que no tenían plata, que había gente que entraba a comer que sí tenía trabajo, que cómo ellos no iban a entrar. Nos dejan pasar a todos, pero yo, por remordimiento quizás, por tener el dinero para entrar, sin que se den cuenta le paso al “tío Cebolla”, que ya me conocía, una colaboración de $300 pesos por todos los que éramos. Él me mira y sonríe.

En ese momento éramos cinco personas: Luis, Daniel, el “Loco Lilo”, “Mister Gato” y yo. Entramos, el lugar estaba repleto, los seis mesones llenos de personas, hombres jóvenes, adultos y ancianos, mujeres adultas y ancianas, mujeres con sus hijos. Hacía calor, la luz amarilla y el espacio pequeño hacía que los olores de la cocina se concentrasen. El comedor es un lugar cálido, pero no necesariamente acogedor, sus murallas son bajas, es un local adaptado improvisadamente como comedor.

Me demoro un poco en la entrada, me saluda el “Harrison” y conversó con él. En eso escucho que me llaman, que me apure, que me tienen un puesto guardado. Me despido y me voy sentar. Nos ubicamos al centro del comedor en un mesón casi frente a la cocina. Todos estamos sentados en una banca de madera, unos con otros, pegados, otros de frente. Ese día tocaban lentejas, nos dieron un plato rebosante, sabroso y contundente. Algunos se repitieron el plato. Cuando se llega más tarde y queda comida las “tías” de la cocina repiten plato a quien lo pide. Daniel y “Mister Gato” así lo hicieron. Comemos rápido, estuvimos allí no más de 20 minutos, durante la comida estuvieron pendientes de mí, pendientes de que comiera y que me comiera todo. Me ofrecían insistentemente más comida, pero en verdad no podía más. Se mostraron alegres de verme allí, con ellos, comiendo, eso decían. Una vez terminada la comida bajamos caminando lentamente por calle Clave hasta plaza Echaurren.

En la plaza estuvimos alrededor de dos horas más, mi nerviosismo había bajado, estaba más tranquila, pero seguía expectante. A esa hora había menos personas en la plaza, alrededor de ocho solamente. Volvemos a los bancos de siempre, fumamos mientras ellos siguen tomando lo que les quedó del vino del día. Como les queda poco y se acabará, piensan en comprar algo más. Algo pasa en el ambiente, tras la comida los ánimos se vuelven más agresivos, deciden comprar una botella de ron, recolectan el dinero con algunos comensales que se unen a la idea del ron y lo compran. Ahora somos seis personas en el grupo, hombres todos, menos yo claro. Con el ron los ánimos se vuelven de golpe turbulentos, Daniel el menor, es el más agitado, da vueltas, discute, maldice. En eso, alrededor de las nueve de la noche llega a la plaza un grupo de voluntarios de la iglesia de Schoenstatt a dar té, café y un pan con mermelada. La plaza se empieza nuevamente a llenar de gente, a esa hora habíamos unas veinte personas. Ignoraba que este grupo de voluntarios fuera a la plaza a dar comida.

Pese a que no quería comer, Luis llega con un té y un pan para mí. No me pude negar y lo acepté, me lo entrega y me dice ansioso que tengo que conocer al “tío Esteban”, encargado del grupo de voluntarios. Él ya le había hablado de mí y sin que se lo pidiese lo llama insistentemente. Somos presentados y Luis le cuenta a cerca del trabajo que yo andaba haciendo. Me puse un poco incómoda, prefería acercarme por mis propios medios a los voluntarios de Schoenstatt, pero Luis se adelantó y sin darme cuenta tenía un portavoz hablando por mí y a un desconocido mirándome con cara de interrogación cómo diciendo “de qué se trata todo esto”. Interrumpí la presentación y me puse a explicar lo que estaba haciendo en el barrio. Nos sentamos los tres: Luis, Esteban y yo en las bancas de la plaza, conversamos acerca de la labor de Schoenstatt, mientras tomábamos té y comíamos. De pronto aparece Daniel y se produce una discusión entre él y Luis, el ambiente se puso tenso y se integra a la discusión el “Loco Lilo”. Esteban me mira con miedo, teme por mí, intento calmarlo y nos alejamos un poco de ellos, junto con nosotros viene el “Loco Lilo”. Seguimos conversando, luego Esteban nos dice que tiene que irse, se disculpa y nos invita a participar en una oración. Vuelve a su grupo para reunir a la gente a un costado de la plaza y los ubica en círculo. Me acerco a ellos y me quedo atrás observando.

Estaba nerviosa por lo que había pasado, de los seis días que había compartido con el grupo en Echaurren, nunca los había visto tan agresivos; me asusté, pero me contuve y seguí ahí. Luis y Daniel seguían discutiendo en el otro costado de la plaza, mientras me cuestionaba si acompañarlos o no en la ruta. Intento poner atención al rezo, pero no logro captar bien, sólo escucho que se da gracias por el alimento y se pide a Dios por todos los necesitados. Las personas de la ronda escuchaban la oración pero por el nerviosismo no presté atención a los detalles. No pude leer en sus gestos corporales, si en verdad había devoción y agradecimiento, o sólo estaban ahí por responder al gesto del té y el pan. La oración concluye y el grupo rápidamente se dispersa. Hay un movimiento generalizado al interior de la plaza, se acrecienta mi nerviosismo, me detengo y me increpo a tomar una decisión: ir o no ir. En ese instante aparece el “Loco Lilo” y me dice que no vaya, que no sabía lo que podía pasar, que no era bueno que fuera con ellos. Él creía de verdad que el recorrido terminaría conmigo en el ruco. Le aclaro que eso no será así, que sólo llegaré a Bellavista, no me creyó mucho y reafirmó su intensión de acompañarme en la ruta, pese a que dormía en el Ejército de Salvación a media cuadra de donde estábamos. Daniel, Luis y “Mister Gato” emprenden la ruta y se dirigen a calle Serrano señalándome al pasar que era hora de partir.

En ese momento ya eran las diez de la noche y la ruta iba a variar un poco por estar los negocios cerrados. Según me contaban, de la plaza caminaban hacia calle Serrano en dirección a plaza Sotomayor, pero se detenían a medio camino en la panadería “Rico Pan” a machetear. Como las cosas se habían revuelto un poco, me despido de Esteban desde lejos y en un acto compulsivo, me escabullo entre la gente y decido emprender sola la ruta por calle Cochrane y encontrarme con ellos en Sotomayor para ver si los ánimos se habían calmado. Cochrane es una calle paralela a Serrano, ambas calles están interconectadas por pequeños pasajes. Como los negocios estaban cerrados y a esa hora no andaba gente en la calle, supongo que su paso por Serrano sería perceptible, es decir que los escucharía y me daría cuenta si los ánimos se habían calmado o no. Si no era así, tendría que optar por abortar la ruta e irme a casa.

Caminé casi una cuadra, dos pasajes de por medio, no escuchaba nada, al tercer pasaje me detuve, me tranquilicé y pensé que lo que estaba haciendo era un poco ridículo, así que esperé a encontrarlos. Me vieron y caminaron hacia mí, venían todos, los cuatro: Daniel, Luis, “Mister Gato” y el “Loco Lilo”. Una vez juntos Daniel me pregunta molesto, que porqué me había ido por esa calle si sabía que la ruta era por Serrano. Le respondí que estaba esperando que se tranquilizaran un poco, que pensaba encontrarlos en Sotomayor. Estaban más calmados, ahí me di cuenta en verdad que las discusiones en la plaza no habían sido graves, estaban un poco alterados, pero más que nada abatidos por el alcohol, aún seguían juntos, eso me devolvió la confianza y pude dimensionar mejor las cosas, tranquilizarme y continuar.

Caminando rumbo a Sotomayor, conversamos y nos reímos un poco. Como era costumbre andaba con mi cámara y me preguntaron si sacaría fotos, que era importante que lo hiciera porque así quedaría registro de su ruta. La verdad no pensaba usarla, pero me pareció pertinente si ellos me lo pedían. Traté de hacerlo con cautela, me sentía incomoda, me parecía que el acto de sacar fotografías en este contexto era como escenificar la ruta y pese a que era de noche, no usé el flash, era demasiado espectáculo para este cotidiano.

Una vez que llegamos a plaza Sotomayor doblamos en diagonal en dirección al mar hasta llegar a Avenida Errázuriz. Desde este momento empezó el macheteo, así que tome un poco de distancia y me quedé tras ellos, el “Loco Lilo” y “Mister Gato” me acompañaron. Daniel de 28 y Luis de 33 años, son los que machetean, ellos son los más jóvenes del grupo. El “Loco Lilo” tiene 47 años y “Mister Gato” 44. De los cuatro sólo tres duermen en la calle; el “Loco Lilo” duerme habitualmente en el Ejercito de Salvación, en ese tiempo llevaba nueve días sin beber. “Mister Gato” no se veía en muy buen estado, andaba a paso lento y hablaba con dificultad, estaba enfermo de un pie y los demás no querrían darle ron porque sabían que se pondría más mal, él estaba en el límite de la ebriedad.

El macheteo no lo hacen en grupo, uno se adelanta y pide; el que va detrás lo hace también, pero pide a personas diferentes. Luis era el más animoso, iba adelante, se sabía observado, era el momento para mostrarme sus técnicas de macheteo, sus dichos, sus aplausos, su manera de llamar la atención a las personas tal como me había contado días antes. Daniel caminaba sin prisa, un poco enrabiado, pero más tranquilo. A ratos caminaba junto al “Loco Lilo” y conmigo, a ratos se adelantaba, o caminaba con “Mister Gato”, quien se había separado un poco y caminaba cada vez más lento.

A medida que llegamos al sector de los bares de Errázuriz nos topamos con un tumulto de botellas de pisco y ron vacías, se detienen y empiezan a ser bromas y mofas de la cantidad de copete que se tomaron, como si esas botellas las hubieran desocupados ellos. Me piden que les saque una fotografía.




Tras algunas risotadas y bromas seguimos caminando. A esa hora la gente está en los paraderos esperando micro para volver a sus hogares; ese momento del día según me indican, es bueno para machetear, harta gente, “harto de todo”.

En el transcurso sólo Luis machetea, Daniel va caminando tranquilo, conversa conmigo y con el “Loco Lilo”. “Mister Gato” avanza sin mayores comentarios. Las personas al ver a Luis tienen diferentes reacciones, algunos lo ignoraban, otros se detienen frente al “¡me faltan $10 para un kilo de vino!”, otros le convidaban del cigarro que se están fumando. Luis, enérgico agitaba sus manos aplaudiendo, llamando la atención de las personas al pasar, sus dichos eran fuertes y seguros. Cortés, sin temor a pedir una moneda o un cigarro, no se enojaba con aquellos que no le daban nada, los ignoraba y seguía caminando. Daniel, mientras conversábamos al pasar, macheteaba cigarros que nos íbamos fumando en el camino. Al llegar a la intersección de Errázuriz con Bellavista, doblamos en dirección al cerro. Pasamos la gasolinera, cruzamos la calle y a las afueras del supermercado Líder, en el paseo peatonal nos detenemos a saludar a un grupo de jóvenes punk que también estaban macheteando. Se saludan entre ellos y me presentan al grupo como una amiga, uno de ellos me reconoce, nos habíamos conocido anteriormente en plaza Echaurren un día mientras estaba con Daniel y Luis y este joven punk pasó a saludar, el vive en el barrio. Conversamos un rato, nos cuentan cómo va el macheteo y luego nos despedimos.

Seguimos caminando por Bellavista hasta llegar a esquina de Condell. Allí, al costado de la farmacia Cruz Verde nos detenemos, ese es su lugar, el punto o la “oficina” para el macheteo nocturno. Nos ubicamos al borde de la cortina de la farmacia que a esa hora estaba cerrada. Dejamos los bultos, un saco donde llevan una frazada y una bolsa con un poco de pan que les habían regalado, y otro saco donde está el chimbombo, el único que les va quedando. Daniel, “Mister Gato”, el “Loco Lilo” y yo nos quedamos sentados en el borde de la cortina. Luis cruza a la vereda de enfrente y se ubica a la misma altura que nosotros, se mantiene de pie y empieza a hacer su “performance” para el macheteo. Aplaude, increpa y les pide a las personas a viva voz dinero, un cigarro, lo que sea, se sabe observado. Por este lado, Daniel estira la manga, mira a las personas desde abajo, las ve venir y las elige para machetearles. Intento pasar inadvertida, pero es difícil, la gente al pasar me observa un tanto sorprendidos, no tomo en cuenta las miradas y continúo al lado, sentada, fumando. La noche no ha sido buena, entre Luis y Daniel sólo llevan algo más de $1.000. Luis tira las monedas desde la cuadra de enfrente, Daniel es la “caja” esta noche, él es el encargado de juntar el dinero en un fondo común.


En esos momentos Daniel y Luis son una dupla, son compañeros de la calle, pasan todo el día juntos, duermen juntos en un ruco bajo el edificio de la Intendencia Regional, a dos cuadras de donde estamos. Todo lo que consiguen en el macheteo lo reparten entre los dos, sólo suman a amigos en el caso de que ellos también colaboren con algo. En esta ocasión la regla la pasarán por alto porque “Mister Gato” anda enfermo y no puede “trabajar”. Con el dinero se abastecen de vino o ron, según prefieran, y de cigarros para la noche y la mañana siguiente. Como ya estaban tomando ron, la misión era comprar otro y cigarros para la noche, y ojalá un chimbombo para el otro día. Era alrededor de las 11:30 de la noche, el ron ya se había acabado y quedaba un poco de vino. Como no tenían mucha plata e iban a cerrar la botillería, se decide comprar sólo un chimbombo más. “Mister Gato” es el emisario, va comprar a la botillería de siempre ubicada a media cuadra de donde estábamos por la subida Ecuador.

Mientras estábamos en la esquina, por la vereda de enfrente Daniel ve pasar a una antigua amiga de Luis y le avisa que está ahí. Luis se pone nervioso y parte corriendo a saludarla, al rato me llama para que vaya a conocerla. Estuvimos en la esquina conversando largo rato, su amiga era una antigua compañera del orfanato, crecieron juntos. Luis nervioso y emocionado me contaba pasajes de su vida con ella, mientras ella asentía con la cabeza, y como Luis le había contado qué estaba haciendo yo, la amiga le pedía que colaborara conmigo. Ella ahora es asistente social y había trabajado en su práctica un par de meses en el Comedor 421. Conoce bien a Luis, le ha seguido los pasos, se notaba mucho cariño entre ambos. Le conté lo que estaba haciendo y me dio algunos datos y consejos, luego nos despedimos y volví a la esquina donde esperaban los demás. Luis volvió diferente, desanimado, la noche no estaba buena y se había puesto melancólico, triste y conflictivo. Los demás obviaban sus reacciones, seguían en lo suyo, pero todos, especialmente Daniel, sin decirlo, estaba muy pendiente de Luis.

Era ya la una de la mañana, estaba cansada, había sido un día largo e intenso, así que decidí que ya era hora de volver a casa y descansar. Al día siguiente tenía que estar temprano en Echaurren, y quería en lo posible, decantar lo que había sido el día de hoy. Así es que le entregué los cigarros que me quedaban a Daniel y le dije que me iba. Daniel también se iría, pero Luis estaba enojado y no quería nada, sentado en la acera de enfrente nos daba la espalda y hacía caso omiso a los llamados de Daniel, que le decía que ya era hora de irse al ruco. Nos levantamos todos, yo crucé para despedirme de Luis, lo encontré triste, llorando. Conversamos un rato largo mientras los demás caminaron y esperaron en la esquina de la Avenida Brasil con Bellavista, atentos. Luis se quería ir de la calle, reclamaba por la vida que tenía, me increpaba sobre el trabajo que estaba haciendo, me preguntaba qué ganarían ellos con eso… difícil pregunta, nunca es fácil de responder.

Traté de apaciguar un poco su pena, conversamos un rato más hasta que se calmó. Accedió a caminar conmigo hasta donde estaban los demás, pero siempre insistiendo que ese día se iría al Ejercito de Salvación. Llegamos cerca de la esquina de Brasil y Bellavista. Ahí me separaba para tomar el colectivo a casa. Me despedí de todos con dificultad, estaba abrumada con la intensidad del día, además de imaginar como los rumbos cambiarían al separarnos; ellos al ruco, yo a mi casa. El “Loco Lilo” insistió en acompañarme al colectivo que quedaba a media cuadra de donde estábamos. Caminamos, esperé el colectivo, me despedí, me subí y partí imaginando lo que podría suceder con ellos: todos seguirían caminando en dirección al Puerto por la calle Blanco; Daniel y Luis se detendrían en el edificio de la Intendencia donde tiene su ruco y dormirían allí. El “Loco Lilo” y Mister Gato seguirían hasta plaza Echaurren. El “Loco Lilo” dormiría en el Ejército como de costumbre, y “Mister Gato”… “Mister Gato”, no lo sabía, nunca supe donde dormía, no lo vi más.




Notas:
[1] El macheteo consiste en pedir dinero a las personas que van pasando por la calle. Es una actividad relevante en tanto de aquí surge la mayor parte de los “ingresos” monetarios para quienes viven en la calle. Lo recolectado se utiliza principalmente para la compra de alcohol, cigarros, bebidas, alimento o para la cuota de las hospederías, en el caso de los que allí duermen.
[2] Un ruco se le llama al lugar donde se acude para pasar la noche, pueden ser lugares adecuados con cartones en el piso o estructuras de cartón, lata y plástico, o lugares elegidos para dormir sin ser habilitados para esto.
[3] Chimbombo se le dice a la botella de litro y medio de vino tinto.



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